“La paciencia y el tiempo hacen más que la fuerza y la violencia”.

Jean de la Fontaine.

 

Paciencia es tener la capacidad de afrontar con tolerancia y comprensión los obstáculos y adversidades de la vida, con sabiduría, con calma, sin nerviosismo ni alteraciones emocionales.

Paciencia

En la cultura oriental la paciencia está considerada como una gran virtud y la constancia en su práctica es el mejor antídoto contra el enfado, mantiene el equilibrio mental y emocional y mejora el estado físico. Para Buda Shakyamuni la paciencia es la mayor riqueza.

En los tiempos que nos toca vivir hemos ido olvidando esa virtud, ha ido cayendo en desuso su práctica y en su lugar reina la impaciencia. Esto nos genera inquietud, agitación, estrés, ansiedad, frustración, enfado. La mayor parte de las veces, sin saber qué es lo que nos genera ese desasosiego.

Siempre prestamos atención a la inmensa cantidad de actividades que llevamos a cabo durante el día y nos dejamos arrastrar por ellas, consumiéndonos todo el tiempo, sin darnos cuenta de que cada vez vamos más y más acelerados, cada vez tenemos más prisa y queremos todo cuanto antes, sin tener que esperar por nada.

Así que cuando nos toca esperar en la cola de la caja en un supermercado, en la sala de espera del médico, en un atasco… nos invade la impaciencia. Comienza esa agitación interior que se va acentuando cada vez más con la complicidad de nuestra mente enumerándonos la cantidad de cosas que aún tenemos por hacer, el tiempo que estamos perdiendo inútilmente… y cada vez se vuelve más insoportable esa interminable espera.  Así es el mundo de la impaciencia y que no solo afecta a nuestra salud, también nos hace cometer errores, tomar malas decisiones…

Pero se puede empezar a cambiar esto y conseguir ser pacientes, entrenando poco a poco, no malgastando nuestra energía con enfados absurdos e inútiles que solo sirven para enfermarnos a nosotros y a quienes nos rodean. Debemos aprender a actuar o responder ante cualquier situación con calma y serenidad, a no reaccionar inconscientemente dejándonos llevar por las emociones descontroladas del momento y desarrollar la paciencia, integrándola en nuestra vida, en cada actividad que realicemos.

La paciencia con nosotros mismos, con nuestros problemas y emociones nos ayuda a comprender a los demás. Cuando somos conscientes de cómo actúan las emociones en nosotros ante los distintos problemas que se nos ponen en el camino, alcanzamos a comprender mejor las reacciones de los demás y consecuentemente aprendemos a desarrollar la paciencia y la tolerancia con los demás. En realidad quién creemos que nos hace daño simplemente es víctima de su propia falta de paciencia y sabiduría interior.

Para empezar a practicar la paciencia, un buen ejercicio es observarnos y cuando sintamos que algo nos está creando intranquilidad, debemos conectar con nuestro interior y respirar. Ponemos las manos en posición de oración (atmanjali-mudra), si estamos en un lugar público imaginamos que lo hacemos. Este gesto de unir las manos a la altura del pecho, recoge toda nuestra energía dispersa y la enfoca hacia nuestro interior tranquilizando la mente, la respiración y proporcionando calma. Si además cuando lo hacemos sonreímos, potenciamos aún más su efecto. Hagámoslo cada vez que  sintamos que perdemos el control, que estamos impacientes, nerviosos…

Un amigo con muchos dolores de espalda pero también muchos años de experiencia en la vida, me contaba en una ocasión que cuando salía a la calle con su bastón después de un rato caminando, tenía que parar a causa del dolor. Entonces aprovechaba ese momento para preguntarse qué podía hacer para convertirlo en algo positivo y lo que hacía era respirar con conciencia, disfrutar de la pausa observando todo a su alrededor con calma, las nubes, los pájaros, los colores y disfrutar de ese momento.

“La paciencia no es simplemente la capacidad de esperar, es como nos comportamos mientras esperamos”

Joyce Meyer.

 

Para acabar por hoy os dejo con un cuento tibetano que ayuda a comprender todo esto mucho mejor.

 

En un largo viaje de la India a Tíbet, el Lama Atisha iba acompañado por un séquito de tibetanos y también por su cocinero personal de nacionalidad hindú.

El cocinero tenía muy mal temperamento y era muy desagradable con los demás. Los tibetanos no tenían paciencia con él y estaban asombrados de que incluso cuando trataba con el Lama Atisha también era bastante hosco. No entendían por qué el Lama lo tenía de compañía.

Por fin un día se reunieron y le preguntaron al Lama Atisha por qué seguía tolerando al cocinero a su lado cuando podía conseguir otro cocinero tibetano más amable y cortés. El Lama Atisha les respondió que de momento el cocinero hindú era uno de sus amigos más cercanos. -¿Por qué?- Porque como buen practicante del budismo, el Lama Atisha sabía que la paciencia y la tolerancia son virtudes claves para llegar a la felicidad y desarrollar una mente equilibrada.

Atisha sabía que no podía entrenar su mente con la ausencia de problemas. Los problemas son nuestros amigos porque sólo a través de ellos podemos entrenar nuestra mente y desarrollar una actitud mental equilibrada y saludable.

Una vez que llegaron a su destino el Lama Atisha envío a su cocinero de vuelta a la India. Los tibetanos no podían entender el motivo y le preguntaron al Lama por qué había enviado de regreso a su cocinero si  era un amigo cercano.

Atisha les contestó que de momento el cocinero hindú ya no era necesario porque ahora ellos le darían más que suficientes oportunidades para practicar su paciencia.