Me encantan los cuentos de enseñanzas porque permite que el mensaje llegue directamente al alma, sin perdernos en palabras y explicaciones. Los cuentos ayudan a entender profundamente sin rodeos, sin complicaciones y nos hacen, no solo entender, sino sentir la enseñanza.

También nos ayudan a ir a nuestro interior y explorar nuestros sentimientos y emociones de una forma casi mágica, recapacitar sobre nuestros actos y comportamientos, si es que estamos dispuestos a ello.

Las palabras pueden transformar, pueden herir, pueden ayudar, pueden hundir, en realidad las palabras son muy poderosas y depende de cómo las utilicemos pueden ser beneficiosas o dañinas. Si se utilizan con cuidado y tratando siempre de emplearlas de forma constructiva y positiva podemos hacer mucho bien, pero cuando las utilizamos sin control dejándonos llevar por las emociones del momento, como puede ser la rabia, podemos hacer un daño terrible, como si lanzáramos balas o puñales a la persona a quien van dirigidas.

Así que para no perderme en las palabras ni haceros perderos en las mías os dejo con el cuento que hoy es protagonista y que no necesita explicaciones.

Una vieja leyenda budista habla de un niño que tenía mal genio. Su padre un viejo sabio, le dio un saco lleno de clavos y le dijo que, cada vez que perdiese la paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta. El primer día el niño clavó 37 clavos. A medida que aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos clavos. Con el tiempo descubrió que era más fácil controlar su genio que clavar clavos detrás de la puerta. Llegó un momento en que pudo controlar su carácter durante todo un día. Tras informar a su padre, este le sugirió que quitase un clavo cada día que lograse controlar su carácter. Los días pasaron y el joven pudo finalmente anunciar a su padre que ya no había más clavos detrás de la puerta. Su sabio padre le tomó de la mano, le llevó hasta la puerta y le dijo:

Los Clavos de la Rabia

”Hijo mío, veo que has trabajado duro, pero mira todos estos agujeros en la puerta. Nunca más será la misma. Cada vez que pierdes la cabeza y sientes rabia, dejas cicatrices exactamente igual que las que ves aquí.”

Tú puedes insultar a alguien y retirar el insulto pero, dependiendo de la manera en que hables, puedes ser devastador y hacer que la cicatriz sea para siempre. Una ofensa verbal puede ser tan dañina como una ofensa física.

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